viernes, 5 de septiembre de 2014

Un árbol con anteojos

Volvía del trabajo en el 202, como todos los días. Pero me bajé en la parada equivocada. No sé en qué pensé. Cuando me quise acordar estaba meneando la cabeza, clavado en la esquina de 1 y 60. La calle me hizo sentir un árbitro de tenis en medio de un peloteo. Intenté calmarme. Soborné mi alteración observando –por la hendija entre los edificios– el tono naranja del horizonte de diagonal 79. Bajé la vista y ahí me quedé: achinando los ojos para ver a un tipo grande, de unos cincuentipico, parado en la esquina. Estaba muy quieto, como si fuera el objeto fijo de una acuarela con estelas de movimiento a su alrededor. Llevaba anteojos de sol y en su mano derecha un bastón. Esperé el semáforo, crucé y me asomé a su espalda. Giró levemente el cuello.
          –Voy para la Biblioteca Braille –dijo–. Decime por dónde encaro.
          –¿Eso dónde queda?
          –Cerquita querido, en 5 entre 60 y 61.
Hice una cuenta rápida de la cantidad de cuadras. Seguía con bronca por haberme bajado antes. Pero fue quizá por culpa –y también por cierta curiosidad– que decidí acompañarlo. Se retiró un pasito atrás de mi posición, apoyó su mano izquierda en mi hombro y enfilamos por calle 60.
Se presentó como “Cachito Rolón”. Llevaba el mentón bien adelante y una nariz aguileña rojiza que amenazaba con el filo de los pelos que asomaban. Tenía sus pocas canas peinadas para atrás, endurecidas, como quemadas por un tono amarillento. Me contó que iba a la Biblioteca porque estaba ensayando una obra de teatro. Qué buena onda, me dije. Entonces le comenté de mis años en las tablas, en La Plata y en Buenos Aires, y de una notita que tengo apuntada en casa, en un papel pinchado sobre telgopor: ‘La isla desierta: teatro ciego’.
La caminata siguió. Cachito me sujetaba firme el hombro, más para calmar mi paso ansioso que para guiarse él, que mantenía su espíritu de contar baldosas. Supongo que la cercanía de bocinas y los ruidos callejeros le daban la pauta de que ya estábamos pisando la esquina. Sin esperar mi señal, asomó su bastón.

–También me gusta escribir pero no me animo a publicar–, confesó de la nada.
           –¿Y por qué no?
–Mirá, te cuento. Yo perdí la vista a los 15 años y quizá haya cosas que perciba cómo son pero no sé si sería fiel a la realidad, ¿entendés?      
Le dije que “más o menos” y le pedí un ejemplo. Pude escuchar que inhalaba más pausado y más profundo. Creí que se estaba concentrando pero no: justo pasábamos por una carnicería. Yo también tuve que contener la respiración para que esa mezcla de sangre cruda y lavandina no me pudriera el estómago.
–A veces quisiera hablar de los árboles –largó–. Yo me arrimo al árbol, lo abrazo y recorro con mis manos la corteza para investigar su textura. Ahí tengo una idea de qué madera se trata y lo confirmo cuando le golpeo el tronco para escuchar cómo suena –y gesticuló con el puño como si lo tuviera enfrente–. Luego levanto del piso alguna hoja para sentir su temperatura y darme cuenta si recién cayó o hace rato que está en contacto con la tierra. Entonces palpo con mis dedos las nervaduras imaginando la ruta que puede hacer una gota cuando se le posa.
Recién cuando se apagaba el ruido de la sierra, Cachito levantó las cejas: “Ya llegamos”, dijo y marcó la casa de al lado. No respondí. Me había quedado en aquel árbol. Caminé con la mirada inerte, como si no pudiera ver nada. De fondo sentí los golpes en el piso que sonaban a paso firme. La madera se escuchaba cada vez más pesada, más cerca, hasta que por fin abrieron.
¡Entren! ¡Vamos que hace frío!– chilló una mujer de unos anteojos que le cubrían hasta los pómulos. Cachito me soltó el hombro y se plantó de frente.
–Te tengo que dejar porque llego tarde al ensayo y Peter Pan me va a matar –soltó–. Pasate un día y grabamos algo en el estudio de radio que tenemos –dijo y avanzó por la rampa de acceso, como siempre, contando baldosas.

Todo lo que quieras –le grité– pero no te vas sin tirarme la posta: ¿dónde me tomo el 202?