Volvía
del trabajo en el 202, como todos los días. Pero me bajé en la parada
equivocada. No sé en qué pensé. Cuando me quise acordar estaba meneando la
cabeza, clavado en la esquina de 1 y 60. La calle me hizo sentir un árbitro de tenis
en medio de un peloteo. Intenté calmarme. Soborné mi alteración observando –por
la hendija entre los edificios– el tono naranja del horizonte de diagonal 79. Bajé
la vista y ahí me quedé: achinando los ojos para ver a un tipo grande, de unos cincuentipico,
parado en la esquina. Estaba muy quieto, como si fuera el objeto fijo de una
acuarela con estelas de movimiento a su alrededor. Llevaba anteojos de
sol y en su mano derecha un bastón. Esperé el semáforo, crucé y me asomé a su
espalda. Giró levemente el cuello.
–Voy para la Biblioteca Braille –dijo–. Decime
por dónde encaro.
–¿Eso dónde queda?
–Cerquita querido, en 5 entre 60 y
61.
Hice
una cuenta rápida de la cantidad de cuadras. Seguía con bronca por haberme
bajado antes. Pero fue quizá por culpa –y también por cierta curiosidad– que
decidí acompañarlo. Se retiró un pasito atrás de mi posición, apoyó su mano
izquierda en mi hombro y enfilamos por calle 60.
Se
presentó como “Cachito Rolón”. Llevaba el mentón bien adelante y una nariz
aguileña rojiza que amenazaba con el filo de los pelos que asomaban. Tenía sus pocas
canas peinadas para atrás, endurecidas, como quemadas por un tono amarillento.
Me contó que iba a la Biblioteca porque estaba ensayando una obra de teatro. Qué
buena onda, me dije. Entonces le comenté de mis años en las tablas, en La Plata
y en Buenos Aires, y de una notita que tengo apuntada en casa, en un papel
pinchado sobre telgopor: ‘La isla
desierta: teatro ciego’.
La
caminata siguió. Cachito me sujetaba firme el hombro, más para calmar mi paso
ansioso que para guiarse él, que mantenía su espíritu de contar baldosas. Supongo
que la cercanía de bocinas y los ruidos callejeros le daban la pauta de que ya
estábamos pisando la esquina. Sin esperar mi señal, asomó su bastón.
–También
me gusta escribir pero no me animo a publicar–, confesó de la nada.
–¿Y por qué no?
–Mirá,
te cuento. Yo perdí la vista a los 15 años y quizá haya cosas que perciba cómo son
pero no sé si sería fiel a la realidad, ¿entendés?
Le
dije que “más o menos” y le pedí un ejemplo. Pude escuchar que inhalaba más
pausado y más profundo. Creí que se estaba concentrando pero no: justo
pasábamos por una carnicería. Yo también tuve que contener la respiración para
que esa mezcla de sangre cruda y lavandina no me pudriera el estómago.
–A
veces quisiera hablar de los árboles –largó–. Yo me arrimo al árbol, lo abrazo
y recorro con mis manos la corteza para investigar su textura. Ahí tengo una
idea de qué madera se trata y lo confirmo cuando le golpeo el tronco para
escuchar cómo suena –y gesticuló con el puño como si lo tuviera enfrente–. Luego
levanto del piso alguna hoja para sentir su temperatura y darme cuenta si
recién cayó o hace rato que está en contacto con la tierra. Entonces palpo con
mis dedos las nervaduras imaginando la ruta que puede hacer una gota cuando se
le posa.
Recién
cuando se apagaba el ruido de la sierra, Cachito levantó las cejas: “Ya
llegamos”, dijo y marcó la casa de al lado. No respondí. Me había quedado en
aquel árbol. Caminé con la mirada inerte, como si no pudiera ver nada. De fondo
sentí los golpes en el piso que sonaban a paso firme. La madera se escuchaba
cada vez más pesada, más cerca, hasta que por fin abrieron.
–¡Entren! ¡Vamos que hace
frío!– chilló una mujer de unos anteojos que le cubrían hasta los pómulos.
Cachito me soltó el hombro y se plantó de frente.
–Te
tengo que dejar porque llego tarde al ensayo y Peter Pan me va a matar –soltó–.
Pasate un día y grabamos algo en el estudio de radio que tenemos –dijo y avanzó
por la rampa de acceso, como siempre, contando baldosas.
–Todo lo que quieras –le
grité– pero no te vas sin tirarme la posta: ¿dónde me tomo el 202?
