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miércoles, 8 de marzo de 2017

Día de la madre

Por Cristina Calvo*

        Muy complicado fue, este año, el 19 de octubre, un cálido domingo, NUESTRO DÍA. Lo celebré con mis tres hijos maravillosos.
        Felicité a mi hija madre y rogué para que mi otra hija, la menor, lo sea y pueda experimentar  el gran gozo de tener un bebé entre sus brazos.
        ¡Upa mi amor! ¡Qué hermosa eres! Con esa naricita y tus orejitas diminutas. Te hamaco y acaricio suavemente tus cabellos breves que me recuerdan a un cepillo “limpiadiscos” (así te decíamos con papá). Me encanta acariciar la fina piel de tus manitas y sentir el calor de tu cuerpito cuando te duermes con mis canciones.
        Bañarte y vestirte es maravilloso: es como tener una muñequita entre mis manos.
        Tu vocecita es tan dulce como una campanita que colma mi corazón. Eres una gordita muy simpática. Te amo y agradezco por tu existencia a Dios.


*Cristina Calvo es ciega de nacimiento y fue integrante del TEC en 2014 y parte del 2015. Este texto, escrito en 2014 en base a la consigna de pensar la maternidad desde la ceguera, anticipó su anhelo de ser abuela, deseo cumplido en el año 2015. 
El dibujo pertenece a la artista Katie Berggren.

lunes, 4 de mayo de 2015

¿Qué les gustaría cambiar?

*Por Alina Barazzutti


Era el último día de la señorita Bernarda. De todos sus años como maestra de primaria nunca se había encariñado tanto con sus alumnos como en este año. Eran tan chiquitos que recién terminaban el primer grado, y ella tan grande que ya se estaba jubilando. 
       Decidió que disfrutaría de su último día y se sentó en su banco y les preguntó: 

¿Qué les gustaría cambiar?

       Algunos alumnos tenían respuestas tan divertidas como tener una cola de sirena o la boca de un tiburón. Otros tenían respuestas tan tristes como haber conocido a sus abuelos o que sus padres estén juntos. Pero la hora que la señorita Bernarda más temía había llegado. Sonó el
timbre y los nenes guardaron emocionados sus útiles y salieron a disfrutar del verano. 
       Algunos fueron de vacaciones a la playa, otros a la montaña y hubo quienes también se quedaron en casa. Pero la sorpresa fue colectiva cuando, al volver a clase, se dieron cuenta que su maestra preferida ya no estaba. Todos ellos guardarán el recuerdo de ese año juntos, de todo lo que aprendieron. Año tras año, deseaban que su nueva señorita sea tan buena como la primera. Pero, para su mala suerte, ninguna superaba el recuerdo de su querida señorita Bernarda. Especialmente cuando dejaron de tener una maestra para tener varios profesores. 
       Ya daban por hecho que no volverían a sentir la alegría de su primer experiencia en el colegio. Es más, muchos de ellos odiaban a casi todos los profesores, solamente porque no sabían enseñar. 
       Entre trabajos prácticos y exámenes pasaron los años para esos alumnos. Algunos se cambiaron de colegio tratando de encontrar a un solo profesor tan simpático y sencillo como Bernarda, también entraron nuevos alumnos,  que no tenían idea de quién era. 
       Pero un día soleado, Bernarda decide visitarlos. Un poco más vieja de lo que la recordaban, entro a su aula y sorprendió a sus viejos alumnos. Reconocía a cada uno de ellos sin poder creer cuanto habían crecido en estos años. Ahora no eran sus hermosas alumnas, eran mujeres; no eran sus revoltosos alumnos, eran hombres.
      Pero, después de superar el nudo en la garganta, les volvió a preguntar:

¿Qué les gustaría cambiar?

       Para su sorpresa, esta vez no fueron 
colas de sirena ni bocas de tiburón, tampoco fue conocer a sus abuelos ni mucho menos que sus padres estén juntos. Fue mucho más que eso. 

"Daría todo lo que tengo por poder caminar a
las 3 de la mañana por la calle y que no me roben,
no me violen ni me maten, contestó una de
sus viejas alumnas..."

"Daría todo lo que tengo y más 
por poder salir un viernes a la noche
y saber que voy a volver sana de un boliche..."

"Daría una vida de trabajo porque en las escuelas
se enseñen valores y no el claro ejemplo
de lo que es la decadencia..."

"Cambiaría enseñar a las mujeres a cuidarse
de la violencia de género por enseñarles
a los hombres a no pegar..." 

       Respuesta tras respuesta Bernarda se sorprendía más, porque ésta última la había pronunciado Martín, el mismo que 11 años atrás había contestado esa pregunta diciendo que cambiaría que su madre ya no llore todas las noches. 
       Pero también le llamaba la atención que todos dejarían algo atrás por ese cambio que tanto querían, porque se habían dado cuenta con el correr de los años que nada es gratis, que todo tiene un precio, hasta si es un regalo.
       Cada cosa que pedían cambiar era como un espejismo, pero que no está en la ruta. Está en el televisor, en la radio, en una propaganda política. Podemos verlo desde lejos, podemos sentirlo cerca, a veces parece como si lo hubiéramos alcanzado, pero en realidad solo desapareció por una nube que nos tapa momentáneamente el reflejo del sol. Luego de unos kilómetros, el espejismo volverá como un oasis al final de la ruta. Y seguiremos con la misma esperanza, la de vivir sin miedo en un mundo del cual su historia está gravemente marcada por genocidios y totalitarismos, por guerras y egocentrismo, por hambre y corrupción.


*
Alina no padece dificultades visuales, tiene 18 años, se inscribió en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social y continúa asistiendo al TEC. El texto, que escribió en 2015, está basado en la consigna "¿qué les representa la palabra utopía?", como pequeño homenaje desde nuestro Taller a Eduardo Galeano, a pocos días de su pérdida física.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Un árbol con anteojos

Volvía del trabajo en el 202, como todos los días. Pero me bajé en la parada equivocada. No sé en qué pensé. Cuando me quise acordar estaba meneando la cabeza, clavado en la esquina de 1 y 60. La calle me hizo sentir un árbitro de tenis en medio de un peloteo. Intenté calmarme. Soborné mi alteración observando –por la hendija entre los edificios– el tono naranja del horizonte de diagonal 79. Bajé la vista y ahí me quedé: achinando los ojos para ver a un tipo grande, de unos cincuentipico, parado en la esquina. Estaba muy quieto, como si fuera el objeto fijo de una acuarela con estelas de movimiento a su alrededor. Llevaba anteojos de sol y en su mano derecha un bastón. Esperé el semáforo, crucé y me asomé a su espalda. Giró levemente el cuello.
          –Voy para la Biblioteca Braille –dijo–. Decime por dónde encaro.
          –¿Eso dónde queda?
          –Cerquita querido, en 5 entre 60 y 61.
Hice una cuenta rápida de la cantidad de cuadras. Seguía con bronca por haberme bajado antes. Pero fue quizá por culpa –y también por cierta curiosidad– que decidí acompañarlo. Se retiró un pasito atrás de mi posición, apoyó su mano izquierda en mi hombro y enfilamos por calle 60.
Se presentó como “Cachito Rolón”. Llevaba el mentón bien adelante y una nariz aguileña rojiza que amenazaba con el filo de los pelos que asomaban. Tenía sus pocas canas peinadas para atrás, endurecidas, como quemadas por un tono amarillento. Me contó que iba a la Biblioteca porque estaba ensayando una obra de teatro. Qué buena onda, me dije. Entonces le comenté de mis años en las tablas, en La Plata y en Buenos Aires, y de una notita que tengo apuntada en casa, en un papel pinchado sobre telgopor: ‘La isla desierta: teatro ciego’.
La caminata siguió. Cachito me sujetaba firme el hombro, más para calmar mi paso ansioso que para guiarse él, que mantenía su espíritu de contar baldosas. Supongo que la cercanía de bocinas y los ruidos callejeros le daban la pauta de que ya estábamos pisando la esquina. Sin esperar mi señal, asomó su bastón.

–También me gusta escribir pero no me animo a publicar–, confesó de la nada.
           –¿Y por qué no?
–Mirá, te cuento. Yo perdí la vista a los 15 años y quizá haya cosas que perciba cómo son pero no sé si sería fiel a la realidad, ¿entendés?      
Le dije que “más o menos” y le pedí un ejemplo. Pude escuchar que inhalaba más pausado y más profundo. Creí que se estaba concentrando pero no: justo pasábamos por una carnicería. Yo también tuve que contener la respiración para que esa mezcla de sangre cruda y lavandina no me pudriera el estómago.
–A veces quisiera hablar de los árboles –largó–. Yo me arrimo al árbol, lo abrazo y recorro con mis manos la corteza para investigar su textura. Ahí tengo una idea de qué madera se trata y lo confirmo cuando le golpeo el tronco para escuchar cómo suena –y gesticuló con el puño como si lo tuviera enfrente–. Luego levanto del piso alguna hoja para sentir su temperatura y darme cuenta si recién cayó o hace rato que está en contacto con la tierra. Entonces palpo con mis dedos las nervaduras imaginando la ruta que puede hacer una gota cuando se le posa.
Recién cuando se apagaba el ruido de la sierra, Cachito levantó las cejas: “Ya llegamos”, dijo y marcó la casa de al lado. No respondí. Me había quedado en aquel árbol. Caminé con la mirada inerte, como si no pudiera ver nada. De fondo sentí los golpes en el piso que sonaban a paso firme. La madera se escuchaba cada vez más pesada, más cerca, hasta que por fin abrieron.
–¡Entren! ¡Vamos que hace frío!– chilló una mujer de unos anteojos que le cubrían hasta los pómulos. Cachito me soltó el hombro y se plantó de frente.
–Te tengo que dejar porque llego tarde al ensayo y Peter Pan me va a matar –soltó–. Pasate un día y grabamos algo en el estudio de radio que tenemos –dijo y avanzó por la rampa de acceso, como siempre, contando baldosas.

–Todo lo que quieras –le grité– pero no te vas sin tirarme la posta: ¿dónde me tomo el 202?