*Por Alina Barazzutti
Era el último día de la señorita Bernarda. De todos sus años como maestra de primaria nunca se había encariñado tanto con sus alumnos como en este año. Eran tan chiquitos que recién terminaban el primer grado, y ella tan grande que ya se estaba jubilando.
Era el último día de la señorita Bernarda. De todos sus años como maestra de primaria nunca se había encariñado tanto con sus alumnos como en este año. Eran tan chiquitos que recién terminaban el primer grado, y ella tan grande que ya se estaba jubilando.
Decidió que disfrutaría de su último día
y se sentó en su banco y les preguntó:
¿Qué les gustaría cambiar?
Algunos alumnos tenían respuestas tan divertidas como tener una
cola de sirena o la boca de un tiburón. Otros tenían respuestas
tan tristes como haber conocido a
sus abuelos o que sus padres estén juntos.
Pero la hora que la señorita Bernarda más temía había llegado.
Sonó el
timbre y los nenes
guardaron emocionados sus útiles y salieron a
disfrutar del verano.
Algunos fueron de vacaciones a la playa, otros a la montaña y hubo
quienes también se quedaron en casa. Pero la
sorpresa fue colectiva cuando, al volver a clase,
se dieron cuenta que su maestra preferida ya no
estaba. Todos ellos guardarán el recuerdo de
ese año juntos, de todo lo que aprendieron.
Año tras año, deseaban que su nueva señorita sea
tan buena como la primera. Pero, para su mala
suerte, ninguna superaba el recuerdo de su querida señorita Bernarda. Especialmente
cuando dejaron de tener una maestra para
tener varios profesores.
Ya daban por hecho que no volverían a sentir la alegría de
su primer experiencia en el colegio. Es más, muchos
de ellos odiaban a casi todos los
profesores, solamente porque no sabían enseñar.
Entre trabajos prácticos y exámenes pasaron los años para esos
alumnos. Algunos se cambiaron de colegio tratando de
encontrar a un solo profesor tan simpático y
sencillo como Bernarda, también entraron
nuevos alumnos, que no tenían idea de quién
era.
Pero un día soleado, Bernarda decide visitarlos. Un poco más vieja
de lo que la recordaban, entro a su
aula y sorprendió a sus viejos alumnos.
Reconocía a cada uno de ellos sin poder creer
cuanto habían crecido en estos años.
Ahora no eran sus hermosas alumnas, eran
mujeres; no eran sus revoltosos alumnos,
eran hombres.
Pero, después de
superar el nudo en la garganta, les volvió a
preguntar:
¿Qué les gustaría cambiar?
Para su sorpresa, esta vez no fueron colas de sirena ni bocas de tiburón, tampoco fue conocer a sus abuelos ni mucho menos que sus padres estén juntos. Fue mucho más que eso.
"Daría todo lo que tengo por poder caminar a
las
3 de la mañana por la calle y que no me roben,
no
me violen ni me maten, contestó una de
sus
viejas alumnas..."
"Daría todo lo que tengo y más
por
poder salir un viernes a la noche
y
saber que voy a volver sana de un boliche..."
"Daría una vida de trabajo porque en las
escuelas
se enseñen valores y no el claro ejemplo
de lo que es la decadencia..."
"Cambiaría enseñar a las mujeres a cuidarse
de la violencia de género por enseñarles
a los hombres a no pegar..."
Respuesta tras respuesta Bernarda se sorprendía más, porque
ésta última la había pronunciado Martín, el
mismo que 11 años atrás había
contestado esa pregunta diciendo que cambiaría que
su madre ya no llore todas las noches.
Pero también le llamaba la atención que todos dejarían algo atrás
por ese cambio que tanto querían, porque se
habían dado cuenta con el correr de los años
que nada es gratis, que todo tiene un precio,
hasta si es un regalo.
Cada cosa que pedían cambiar era como un espejismo, pero que no
está en la ruta. Está en el televisor, en
la radio, en una propaganda política.
Podemos verlo desde lejos, podemos sentirlo cerca, a
veces parece como si lo hubiéramos alcanzado,
pero en realidad solo desapareció por una nube
que nos tapa momentáneamente el reflejo
del sol. Luego de unos kilómetros, el
espejismo volverá como un oasis al final de la ruta.
Y seguiremos con la misma esperanza, la de
vivir sin miedo en un mundo del cual su historia
está gravemente marcada por genocidios y
totalitarismos, por guerras y
egocentrismo, por hambre y corrupción.
*Alina no padece dificultades visuales, tiene 18 años, se inscribió en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social y continúa asistiendo al TEC. El texto, que escribió en 2015, está basado en la consigna "¿qué les representa la palabra utopía?", como pequeño homenaje desde nuestro Taller a Eduardo Galeano, a pocos días de su pérdida física.
