Por Margarita García Barthous*
Un arroyo de aguas transparentes, sierras enamoradas del canto de los pájaros, abejas marchando detrás de una reina, en vuelo nupcial, peces inquietos, movimientos , ondulantes, de las víboras sobre las piedras calientes enmarcan el lugar donde una pareja de ancianos, tomados de las manos, con pasos muy lentos, casi arrastrando sus pies, y cabezas gachas, bordean las orillas ondulantes del arroyo.
Un arroyo de aguas transparentes, sierras enamoradas del canto de los pájaros, abejas marchando detrás de una reina, en vuelo nupcial, peces inquietos, movimientos , ondulantes, de las víboras sobre las piedras calientes enmarcan el lugar donde una pareja de ancianos, tomados de las manos, con pasos muy lentos, casi arrastrando sus pies, y cabezas gachas, bordean las orillas ondulantes del arroyo.
Admiran un organizado ejército de hormigas, una flor recién abierta, entre las rocas, observan la melena de los sauces jugando con el agua que bajando de las sierras busca la tranquilidad del arroyo.
El aire caliente, un cielo negro se convierte en un escudo de flechas luminosas, estremecedores rayos, un arroyo seductor atrapa el fulgor que cae tras el aviso de un fuerte resplandor.
El lugar se ilumina. Los ancianos se estremecen, se miran con asombro, ven que sus cabellos canos se han tornado castaños y sedosos, se besan, siguen su trayecto con pasos ágiles, hombros erguidos, balanceando los brazos y con alegres carcajadas se pierden en un cono luminoso, ignorando el oscuro cielo.
Un grupo de niños, buscando dónde tirar sus anzuelos, descubren una pareja de ancianos abrazados, inanimados con una expresión de profunda paz.
*Es miembro del TEC desde el 2015 a la actualidad. Tiene cerca de 80 años y no tiene dificultades visuales.
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