miércoles, 8 de marzo de 2017

Día de la madre

Por Cristina Calvo*

        Muy complicado fue, este año, el 19 de octubre, un cálido domingo, NUESTRO DÍA. Lo celebré con mis tres hijos maravillosos.
        Felicité a mi hija madre y rogué para que mi otra hija, la menor, lo sea y pueda experimentar  el gran gozo de tener un bebé entre sus brazos.
        ¡Upa mi amor! ¡Qué hermosa eres! Con esa naricita y tus orejitas diminutas. Te hamaco y acaricio suavemente tus cabellos breves que me recuerdan a un cepillo “limpiadiscos” (así te decíamos con papá). Me encanta acariciar la fina piel de tus manitas y sentir el calor de tu cuerpito cuando te duermes con mis canciones.
        Bañarte y vestirte es maravilloso: es como tener una muñequita entre mis manos.
        Tu vocecita es tan dulce como una campanita que colma mi corazón. Eres una gordita muy simpática. Te amo y agradezco por tu existencia a Dios.


*Cristina Calvo es ciega de nacimiento y fue integrante del TEC en 2014 y parte del 2015. Este texto, escrito en 2014 en base a la consigna de pensar la maternidad desde la ceguera, anticipó su anhelo de ser abuela, deseo cumplido en el año 2015. 
El dibujo pertenece a la artista Katie Berggren.

martes, 28 de febrero de 2017

El cuadro

Por Ana Juárez*

Me llegó a mis fosas nasales el olor a libro viejo. A mi mente la abordó el recuerdo de cuando todos los años agarrábamos varias hojas de dibujo, la bañábamos en limón para luego, con una vela o un encendedor, lo quemábamos de a poco y lo pintábamos con témperas.
Cuando encontré el viejo libro de tapa dura le hice señas a la bibliotecaria. Pero nada. Me senté en la punta de la mesa a leer. Abrí el viejo libro con sus gruesas hojas amarillentas por el paso del tiempo. Comencé a leer el capítulo que dejé la otra vez. Al darle vuelta la página me corté el dedo. Con mi remera limpié el hilo de sangre que salía. Al levantar mi vista reparé del cuadro que estaba al final de la pared; era de una bailadora española, callejera.  
          –¡Si no vai lavado, vai fresco! se quejaba la abuela con sus ruleros de colores puestos y su cara con manchas de harina luego de haber amasado los fideos. En el ambiente se oía el postillón de La Rioja que provenía de la vieja radio de la nona. 
          Y ahora ¿Qué pasó? gruñó el abuelo que venía del quiosco trayendo una caja de vinos, cervezas, sodas y gaseosas para nosotros. Lo depositó suavemente sobre la mesa. 
El Nene me dijo si me gustaría cocinar un pollo al horno con papas, ahora al mediodía.            
Ese malcriado. Ahora llama. ¿Por qué no lo dijo antes? –largó furioso. 
          Oh. Mi canción favorita. “Te quiero”. Subiendo el volumen de la radio para luego aplaudir al son de la música. 
          El grupo de teatro “El Circo” tenemos el honor de presentar a la gran Antonia Istúriz y José Sáenz dijo mi primo Francisco con su voz gruesa de locutor de radio. Se paró del lado de la abuela y con la mano derecha hizo un gesto de reverencia como si fuera de la realeza, corriéndose para un lado. Con mis primos aplaudimos ruidosamente, Marcos y Lorenzo comenzaron a chiflar, parecía que estábamos en un estadio lleno, en vez de una casa. Al empezar a sonar, se animaron a cantar la abuela Antonia con su voz de soprano y mi primo con su voz de barítono, a la vez que bailaban el paso doble.
          Va… vayan a vender tomates a la feria –dijo levantando la mano derecha y girándola hacia adelante. Mientras guardaba las bebidas en el aparador, gruñó entre dientes: “malcriados”.
Al terminar la canción, la abuela Antonia y José llevaban la mano en la boca para lanzar besos al público. Pero cuando comenzó a sonar la melodía “El gato montés”, cómo se alborotó la casa. Una sonrisa salió de mí. Recordé a España. Las dulces imágenes de cuando la familia se reunía.




*Miembro del TEC. Una de las integrantes que no tiene dificultades visuales. 

viernes, 24 de febrero de 2017

Sin un adiós

Por Margarita García Barthous*       
   

         Un arroyo de aguas transparentes, sierras enamoradas del canto de los pájaros, abejas marchando detrás de una reina, en vuelo nupcial, peces inquietos,  movimientos , ondulantes, de las víboras sobre las piedras calientes enmarcan el lugar donde una pareja de ancianos, tomados de las manos, con pasos muy lentos, casi arrastrando sus pies, y cabezas gachas, bordean las orillas ondulantes del arroyo. 
         Admiran un organizado ejército de hormigas, una flor recién abierta, entre las rocas, observan la melena de los sauces jugando con el agua que bajando de las sierras busca la tranquilidad del arroyo. 
         El aire caliente, un cielo negro se convierte en un escudo de flechas luminosas, estremecedores rayos, un arroyo seductor atrapa el fulgor que cae tras el aviso de un fuerte resplandor.  
         El lugar se ilumina. Los ancianos se estremecen, se miran con asombro, ven que sus cabellos canos se han tornado castaños y sedosos, se besan, siguen su trayecto con pasos ágiles, hombros erguidos, balanceando los brazos y con alegres carcajadas se pierden en un cono luminoso, ignorando el oscuro cielo. 
         Un grupo de niños, buscando dónde tirar sus anzuelos, descubren una pareja de ancianos abrazados, inanimados con una expresión de profunda paz. 


*Es miembro del TEC desde el 2015 a la actualidad. Tiene cerca de 80 años y no tiene dificultades visuales. 
                  

martes, 17 de mayo de 2016

Alineado


*Por Marianela Mártire


          Va va va, es un cortecito nada más, no seas flojito. ¡Dale levantate! ¡Dale que nos miran todos! Tan gallina vas a ser... Ay pobrecito, el nene está sangrando, va… hacete macho, ¿para qué tenés un par de huevos? Haceles honor. Mirá al frente, aguantátelas pibe. Mirá que a mí me iban a dejar llorisquear.
Fiiirme, sacando pecho, viva la Patria soldado. Izquiérda, izquiérda, izquiérda derecha izquiérda… Siga la marcha y cuidadito con salirse fuera.


¿Qué pasa, extraña a su mamita? ¿Quiere tomar la tetita? Miserable, mediocre, acá resiste el más fuerte. ¿Qué carajo se pensó que era esto? ¿Un juego de muñecas? Acá hay que resistir, aguantar y resistir. Claro el señorito se creyó que todo estaba en los libros, que un par de pelotudos escritores tenían la manija. ¿Sabés que no? Esos son puros cuentos, fantasía para los novatos. Eeepa ¿qué es esa cara? Deberías agradecerme, ojalá yo hubiera tenido alguien que me despabilara. Te estoy haciendo un favor pibe, ya lo vas a entender. Ahora levantá ese bulto y llevalo hasta la cantera, los muchachos ya saben qué hacer. Después pasá por lo del Choli que tiene algo  y me venís a buscar. ¿Qué me mirás? ¿Te tiembla el culo? Dale pibe, yo te voy a enseñar lo que es bueno, me lo vas a agradecer, acordate lo que te digo.


*Miembro del TEC durante 2015. Trabajo basado en la consigna de crear una hipotética escena (imaginada) a partir de escuchar el Radioteatro de "¿Cuál es?", capítulo "A mi no me vas a ganar".

lunes, 22 de junio de 2015

Gráficas Tangibles

       Uno de los espacios que se motorizan desde la Biblioteca Braille, Digital y Parlante es el Programa Permanente de Participación e Inclusión. En ese marco continúa abierta para toda la comunidad la invitación a visitar la muestra Gráficas Tangibles, a cargo de la artista plástica Daniela Cadile.
       La obra consta de una serie de esculturas a base de pulpa de papel, disponibles para observarlas, investigarlas e intervenirlas con el tacto. "La imagen (artística) para no videntes estaba poco desarrollada", sostuvo la autora.
       La muestra estará en exposición hasta el 1ro. de julio próximo en la propia Biblioteca, ubicada en calle 5 entre 60 y 61. 
       Para más información visitar: http://www.eldia.com/la-ciudad/arte-para-ver-con-las-manos-el-reto-de-crear-piezas-para-ciegos-61451#.VXLyPjvQszk.facebook

lunes, 4 de mayo de 2015

¿Qué les gustaría cambiar?

*Por Alina Barazzutti


Era el último día de la señorita Bernarda. De todos sus años como maestra de primaria nunca se había encariñado tanto con sus alumnos como en este año. Eran tan chiquitos que recién terminaban el primer grado, y ella tan grande que ya se estaba jubilando. 
       Decidió que disfrutaría de su último día y se sentó en su banco y les preguntó: 

¿Qué les gustaría cambiar?

       Algunos alumnos tenían respuestas tan divertidas como tener una cola de sirena o la boca de un tiburón. Otros tenían respuestas tan tristes como haber conocido a sus abuelos o que sus padres estén juntos. Pero la hora que la señorita Bernarda más temía había llegado. Sonó el
timbre y los nenes guardaron emocionados sus útiles y salieron a disfrutar del verano. 
       Algunos fueron de vacaciones a la playa, otros a la montaña y hubo quienes también se quedaron en casa. Pero la sorpresa fue colectiva cuando, al volver a clase, se dieron cuenta que su maestra preferida ya no estaba. Todos ellos guardarán el recuerdo de ese año juntos, de todo lo que aprendieron. Año tras año, deseaban que su nueva señorita sea tan buena como la primera. Pero, para su mala suerte, ninguna superaba el recuerdo de su querida señorita Bernarda. Especialmente cuando dejaron de tener una maestra para tener varios profesores. 
       Ya daban por hecho que no volverían a sentir la alegría de su primer experiencia en el colegio. Es más, muchos de ellos odiaban a casi todos los profesores, solamente porque no sabían enseñar. 
       Entre trabajos prácticos y exámenes pasaron los años para esos alumnos. Algunos se cambiaron de colegio tratando de encontrar a un solo profesor tan simpático y sencillo como Bernarda, también entraron nuevos alumnos,  que no tenían idea de quién era. 
       Pero un día soleado, Bernarda decide visitarlos. Un poco más vieja de lo que la recordaban, entro a su aula y sorprendió a sus viejos alumnos. Reconocía a cada uno de ellos sin poder creer cuanto habían crecido en estos años. Ahora no eran sus hermosas alumnas, eran mujeres; no eran sus revoltosos alumnos, eran hombres.
      Pero, después de superar el nudo en la garganta, les volvió a preguntar:

¿Qué les gustaría cambiar?

       Para su sorpresa, esta vez no fueron 
colas de sirena ni bocas de tiburón, tampoco fue conocer a sus abuelos ni mucho menos que sus padres estén juntos. Fue mucho más que eso. 

"Daría todo lo que tengo por poder caminar a
las 3 de la mañana por la calle y que no me roben,
no me violen ni me maten, contestó una de
sus viejas alumnas..."

"Daría todo lo que tengo y más 
por poder salir un viernes a la noche
y saber que voy a volver sana de un boliche..."

"Daría una vida de trabajo porque en las escuelas
se enseñen valores y no el claro ejemplo
de lo que es la decadencia..."

"Cambiaría enseñar a las mujeres a cuidarse
de la violencia de género por enseñarles
a los hombres a no pegar..." 

       Respuesta tras respuesta Bernarda se sorprendía más, porque ésta última la había pronunciado Martín, el mismo que 11 años atrás había contestado esa pregunta diciendo que cambiaría que su madre ya no llore todas las noches. 
       Pero también le llamaba la atención que todos dejarían algo atrás por ese cambio que tanto querían, porque se habían dado cuenta con el correr de los años que nada es gratis, que todo tiene un precio, hasta si es un regalo.
       Cada cosa que pedían cambiar era como un espejismo, pero que no está en la ruta. Está en el televisor, en la radio, en una propaganda política. Podemos verlo desde lejos, podemos sentirlo cerca, a veces parece como si lo hubiéramos alcanzado, pero en realidad solo desapareció por una nube que nos tapa momentáneamente el reflejo del sol. Luego de unos kilómetros, el espejismo volverá como un oasis al final de la ruta. Y seguiremos con la misma esperanza, la de vivir sin miedo en un mundo del cual su historia está gravemente marcada por genocidios y totalitarismos, por guerras y egocentrismo, por hambre y corrupción.


*
Alina no padece dificultades visuales, tiene 18 años, se inscribió en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social y continúa asistiendo al TEC. El texto, que escribió en 2015, está basado en la consigna "¿qué les representa la palabra utopía?", como pequeño homenaje desde nuestro Taller a Eduardo Galeano, a pocos días de su pérdida física.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Un árbol con anteojos

Volvía del trabajo en el 202, como todos los días. Pero me bajé en la parada equivocada. No sé en qué pensé. Cuando me quise acordar estaba meneando la cabeza, clavado en la esquina de 1 y 60. La calle me hizo sentir un árbitro de tenis en medio de un peloteo. Intenté calmarme. Soborné mi alteración observando –por la hendija entre los edificios– el tono naranja del horizonte de diagonal 79. Bajé la vista y ahí me quedé: achinando los ojos para ver a un tipo grande, de unos cincuentipico, parado en la esquina. Estaba muy quieto, como si fuera el objeto fijo de una acuarela con estelas de movimiento a su alrededor. Llevaba anteojos de sol y en su mano derecha un bastón. Esperé el semáforo, crucé y me asomé a su espalda. Giró levemente el cuello.
          –Voy para la Biblioteca Braille –dijo–. Decime por dónde encaro.
          –¿Eso dónde queda?
          –Cerquita querido, en 5 entre 60 y 61.
Hice una cuenta rápida de la cantidad de cuadras. Seguía con bronca por haberme bajado antes. Pero fue quizá por culpa –y también por cierta curiosidad– que decidí acompañarlo. Se retiró un pasito atrás de mi posición, apoyó su mano izquierda en mi hombro y enfilamos por calle 60.
Se presentó como “Cachito Rolón”. Llevaba el mentón bien adelante y una nariz aguileña rojiza que amenazaba con el filo de los pelos que asomaban. Tenía sus pocas canas peinadas para atrás, endurecidas, como quemadas por un tono amarillento. Me contó que iba a la Biblioteca porque estaba ensayando una obra de teatro. Qué buena onda, me dije. Entonces le comenté de mis años en las tablas, en La Plata y en Buenos Aires, y de una notita que tengo apuntada en casa, en un papel pinchado sobre telgopor: ‘La isla desierta: teatro ciego’.
La caminata siguió. Cachito me sujetaba firme el hombro, más para calmar mi paso ansioso que para guiarse él, que mantenía su espíritu de contar baldosas. Supongo que la cercanía de bocinas y los ruidos callejeros le daban la pauta de que ya estábamos pisando la esquina. Sin esperar mi señal, asomó su bastón.

–También me gusta escribir pero no me animo a publicar–, confesó de la nada.
           –¿Y por qué no?
–Mirá, te cuento. Yo perdí la vista a los 15 años y quizá haya cosas que perciba cómo son pero no sé si sería fiel a la realidad, ¿entendés?      
Le dije que “más o menos” y le pedí un ejemplo. Pude escuchar que inhalaba más pausado y más profundo. Creí que se estaba concentrando pero no: justo pasábamos por una carnicería. Yo también tuve que contener la respiración para que esa mezcla de sangre cruda y lavandina no me pudriera el estómago.
–A veces quisiera hablar de los árboles –largó–. Yo me arrimo al árbol, lo abrazo y recorro con mis manos la corteza para investigar su textura. Ahí tengo una idea de qué madera se trata y lo confirmo cuando le golpeo el tronco para escuchar cómo suena –y gesticuló con el puño como si lo tuviera enfrente–. Luego levanto del piso alguna hoja para sentir su temperatura y darme cuenta si recién cayó o hace rato que está en contacto con la tierra. Entonces palpo con mis dedos las nervaduras imaginando la ruta que puede hacer una gota cuando se le posa.
Recién cuando se apagaba el ruido de la sierra, Cachito levantó las cejas: “Ya llegamos”, dijo y marcó la casa de al lado. No respondí. Me había quedado en aquel árbol. Caminé con la mirada inerte, como si no pudiera ver nada. De fondo sentí los golpes en el piso que sonaban a paso firme. La madera se escuchaba cada vez más pesada, más cerca, hasta que por fin abrieron.
¡Entren! ¡Vamos que hace frío!– chilló una mujer de unos anteojos que le cubrían hasta los pómulos. Cachito me soltó el hombro y se plantó de frente.
–Te tengo que dejar porque llego tarde al ensayo y Peter Pan me va a matar –soltó–. Pasate un día y grabamos algo en el estudio de radio que tenemos –dijo y avanzó por la rampa de acceso, como siempre, contando baldosas.

Todo lo que quieras –le grité– pero no te vas sin tirarme la posta: ¿dónde me tomo el 202?